Por María Isabel Íñigo Petralanda*
En esta columna de opinión, la abogada bioeticista y especialista en derecho sanitario explica el impacto de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICs) en la documentación clínica digitalizada, la importancia de diferenciar entre instalar e implementar TICs, los aspectos a tener en cuenta y por qué los scribes no encuadran como Software as a Medical Device, sin restar importancia a los scribes desde el punto de vista clínico, ético y jurídico.
La documentación clínica ha adquirido una centralidad inédita en los sistemas de salud contemporáneos. Lejos está de ser un registro auxiliar del acto asistencial, para constituir una infraestructura crítica que sostiene la continuidad del cuidado, estructura responsabilidades profesionales, habilita procesos de auditoría y produce efectos jurídicos concretos. En este desplazamiento, el tiempo del profesional de la salud y la narrativa clínica se ven crecientemente tensionados por exigencias administrativas que compiten con el cuidado directo de las personas.
Este fenómeno – que es parte del núcleo moral (bioético) – se ha intensificado con la expansión de las historias clínicas electrónicas, los sistemas de financiamiento basados en datos y los modelos de evaluación de desempeño asistencial. En múltiples contextos, la sobrecarga administrativa ha sido señalada como uno de los factores que contribuyen al desgaste profesional y al burnout, especialmente en ámbitos ambulatorios y hospitalarios de alta demanda.
Es en este escenario en el que comienzan a incorporarse herramientas destinadas a asistir la producción de notas clínicas, conocidas como scribes. Históricamente, esta función fue cumplida por personas entrenadas para registrar la consulta. La novedad actual radica en la mediación tecnológica de esta tarea. Los denominados ambient scribes utilizan tecnologías de reconocimiento automático del habla y modelos de lenguaje para generar borradores de documentación clínica a partir del intercambio verbal entre profesionales de la salud y pacientes.
Desde el punto de vista del estado del arte, estas soluciones se han desarrollado principalmente en sistemas de salud altamente digitalizados, con infraestructura robusta, historias clínicas interoperables y capacidades institucionales maduras para absorber innovaciones complejas. En esos contextos (que no son los de nuestra región), los scribes han sido presentados como herramientas capaces de reducir el tiempo dedicado a la documentación y mejorar la experiencia profesional. Sin embargo, incluso allí, la evidencia muestra que los resultados dependen menos del desempeño técnico del sistema que de las condiciones organizacionales bajo las cuales se implementa.
Los beneficios observados suelen estar asociados a implementaciones cuidadosamente diseñadas, con validación humana obligatoria, capacitación adecuada y marcos de gobernanza explícitos. Cuando estas condiciones no están presentes, los scribes pueden introducir nuevas fuentes de error, tensiones organizacionales o riesgos clínicos indirectos.
En base a mi experiencia considero que conviene despejar una confusión frecuente. Los scribes no realizan actos médicos ni formulan decisiones clínicas y esto es conclusivo. Por lo tanto, no diagnostican, no indican tratamientos y, por ello, en general no se los encuadra como software as a medical device. Sin embargo, esta ausencia de calificación como dispositivo médico no los vuelve neutros ni irrelevantes desde el punto de vista clínico, ético o jurídico. Por el contrario, los sitúa en una zona donde la regulación específica suele ser más difusa y donde las responsabilidades tienden a distribuirse de manera implícita.
La documentación clínica no es un reflejo neutro de la consulta. Es una construcción narrativa que selecciona, ordena y jerarquiza información, y que adquiere valor clínico, organizacional y jurídico. Introducir una mediación algorítmica en ese proceso —aunque exista validación humana— modifica las condiciones bajo las cuales se produce el registro y reconfigura flujos de trabajo, expectativas profesionales y relaciones de confianza con el paciente.
Desde esta perspectiva, los scribes deben ser comprendidos como una tecnología socio-técnica emergente. No son solo software ni solo una herramienta administrativa. Son un entramado que articula tecnología, prácticas clínicas, personas, sistemas de información, normas jurídicas y decisiones institucionales. Su impacto real no deriva únicamente del algoritmo, sino de cómo ese entramado es diseñado, gobernado y sostenido en la práctica.
Esta caracterización es particularmente relevante cuando se analizan sus efectos sobre dimensiones centrales de la atención sanitaria: la seguridad del paciente, la calidad del cuidado y la efectividad clínica. La seguridad del paciente no depende exclusivamente de decisiones diagnósticas o terapéuticas, sino también de la integridad, confiabilidad y claridad de la información clínica que circula dentro del sistema. Errores de transcripción, omisiones relevantes o una estructuración inadecuada de la información pueden traducirse en riesgos clínicos concretos.
La calidad de la documentación clínica, a su vez, no se agota en la completitud formal. Involucra claridad narrativa, pertinencia clínica y coherencia longitudinal. Si bien los scribes pueden contribuir a ordenar y estandarizar registros, también pueden inducir una homogeneización excesiva del relato clínico, privilegiando lo fácilmente capturable por sobre lo clínicamente significativo. Evaluar este impacto es una cuestión clínica y no meramente técnica.
La efectividad clínica depende de que la información registrada sea útil, confiable y contextualizada para la continuidad del cuidado y la toma de decisiones. Un scribe que optimiza tiempos pero degrada la calidad del registro compromete indirectamente la efectividad del cuidado. Por ello, su implementación no puede evaluarse solo en términos de productividad o eficiencia administrativa.
En América Latina, la adopción de ambient scribes es aún incipiente, fragmentaria y mayormente experimental. Las experiencias existentes suelen concentrarse en pilotos acotados o iniciativas privadas. Esta diferencia de ritmo respecto de otros contextos no debe leerse necesariamente como un atraso. Puede leerse, también, como una oportunidad para pensar la gobernanza antes de la masificación, definir criterios antes de que la tecnología se naturalice y fortalecer marcos institucionales antes de que los conflictos emerjan.
Aquí radica un punto clave: implementar un scribe no es instalar un software. Es tomar una decisión organizacional, ética y jurídica que impacta en la práctica clínica. Implica revisar flujos de trabajo, redefinir responsabilidades, capacitar equipos, establecer políticas claras y anticipar escenarios de riesgo clínico, legal y reputacional.
Claves para una implementación responsable de scribes en salud
Antes de incorporar un scribe, las instituciones deberían poder responder con claridad, al menos, a las siguientes cuestiones:
¿Qué impacto tendrá en la seguridad del paciente y cómo se monitorea?
¿Quién valida la documentación final y asume responsabilidad profesional?
¿Cómo se preserva la calidad narrativa y clínica del registro?
¿Cómo se informa y consiente al paciente el uso de estas tecnologías?
¿Qué políticas institucionales regulan su uso, auditoría y revisión continua?
Cuando estas preguntas no están explícitamente consideradas, el riesgo pasa a ser clínico, jurídico e institucional. Implementar e integrar scribes de manera responsable (alineados con la seguridad del paciente, la calidad del cuidado y la efectividad clínica) es haber decidido ex ante con prudencia cómo una tecnología entra en el corazón del acto asistencial, sin erosionar la confianza clínica ni diluir responsabilidades (que son siempre de agencia humana). Implementar no es instalar. Es gobernar y puede (también debe) hacerse éticamente.
*Abogada – Bioeticista. Especialista en Derecho Sanitario, Altas Tecnologías en Salud, Gobernanza de Datos e Inteligencia Artificial en Salud
